Incondicionales seguidores del partido Republicano durante muchos años, los cubanos de Miami están reconsiderando su relación con ese partido.

Finalmente los Estados Unidos tenían un Presidente que sabía cómo hablarles a los comunistas. Eran el “imperio maldito”, y su muro de Berlín tenía que ser demolido. Cuba se había empeñado en asumir el control de América Central, y los cubanos de Miami escucharon al primer político estadounidense que habló sobre la amenaza que eso representaba, en el preciso momento en que ellos podían responder de manera significativa. Como lo ha señalado Lisandro Pérez, de la Universidad Internacional de Florida, Ronald Reagan tomó posesión del cargo en 1981, cuando la primera oleada de exiliados cubanos en Miami estaba comenzando a tener importancia económica y a conseguir la ciudadanía estadounidense. Con la bendición de Reagan, los cubanos comenzaron a crear un aparato político que perdura hasta hoy.

El Partido Republicano, de Reagan, fue el principal beneficiario de esta relación. Y fue George W. Bush quien sacó mayor provecho de ella en 2000, cuando el apoyo que recibió por parte de los cubano-americanos de la Florida decidió la elección presidencial a su favor. Las relaciones entre republicanos y cubano-americanos han sido muy estrechas. Tanto, que tuvo que pasar un cuarto de siglo antes de que los cubanos en Miami comenzaran a preguntarse qué tiene para mostrar esa relación en términos de la causa cubana, en especial ahora que los republicanos controlan la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso. Y que el gobierno de Estados Unidos sigue devolviendo refugiados políticos a la isla.

La imagen del éxodo del Mariel –- que movilizó 125,000 cubanos en 1980 -– puede aterrar tanto a un presidente repúblicano como a uno demócrata. Con el temor de que acoger en Estados Unidos a un joven balserito pudiera provocar una saga del Mariel, el presidente demócrata Bill Clinton envió de vuelta a Cuba a Elián González en el año 2000. Y el gobierno de Bush, en julio de este año, envió de vuelta a la isla a doce personas que intentaban refugiarse en Estados Unidos. Allí fueron encarceladas de inmediato por secuestro de una embarcación (aunque el gobierno cubano se comprometió a no ejecutarlos, como sucedió con otros tres secuestradores este año). Eso fue suficiente para romper con la tradición de que los cubano-americanos no se metían con los presidentes Republicanos. Enfurecidos legisladores cubano-americanos del estado y políticos del condado de Miami Dade, enviaron cartas quejándose a la Casa Blanca. Y la Fundación Nacional Cubano Americana, que se fundó durante el gobierno de Reagan, envió una misiva que resumía la posición del exilio: “Hoy no estamos más cerca de una Cuba libre”.

Lo que sí estaba más cerca era una discusión abierta del tema en Miami. El establishment cubano de la ciudad había mantenido una fachada de unidad que ocultaba la diversidad de posiciones al interior de la gran comunidad. Ahora, el malestar con la Casa Blanca puso de manifiesto las diferencias entre los líderes del exilio. Joe García, Director Ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana, dijo que el Representante Lincoln Díaz-Balart era “impotente” para lidiar con la Casa Blanca. “Cuando uno se vende barato, a uno lo tratan barato”, dijo García de Díaz-Balart. Éste, a su vez, le contestó diciendo que García era “irrelevante”, y atacó a la Fundación diciendo que formaba “parte de la coalición que trabaja para debilitar la oposición de Estados Unidos a la dictadura en Cuba”.

Curiosamente, el malestar con el gobierno de Estados Unidos llega en un momento en que la Fundación Nacional Cubano Americana, y los cubanos en Miami en general, están cambiando su punto de vista en relación con los cambios que quieren en Cuba. En una encuesta realizada por The Miami Herald este año, el 54 por ciento de los encuestados apoyaban la idea de la Fundación de reunirse con altos funcionarios del gobierno cubano (ni Fidel ni Raúl Castro, por supuesto) para discutir una transición democrática en la isla. Ése es un cambio grande, si se considera que hace algunos años un diálogo de tal naturaleza era impensable. Aunque, para ser francos, mientras los hermanos Castro sigan en el poder, es prácticamente imposible que se produzca dicha reunión. Y cediendo a la realidad, los cubanos en Miami se están dando cuenta que son los disidentes isleños –y no los cubanos en el exilio– los que tienen la solución en sus manos.

Pero a pesar de que los cubanos de Miami perdieron hace rato la ilusión de que el gobierno de Estados Unidos pueda forzar cambios en Cuba, el que se estén devolviendo a la isla refugiados indefensos luce para ellos como un acomodo con la dictadura. Y esa era una actitud que, hasta el momento, siempre había sido relacionada con los demócratas. ¿Será que las diferencias en la política hacia Cuba entre republicanos y demócratas son más cuestión de estilo que de fundamento?

La idea de los republicanos como un partido en favor de una Cuba libre y de los demócratas como un grupo de inocentes procastristas, se suma a una colección de creencias profundamente arraigadas acerca de Estados Unidos y Cuba que no aguantan ningún tipo de escrutinio. Entre las cuales están:

—La clase dirigente cubana de Miami es mostrada como amiga resuelta del embargo, a pesar de los millones de dólares anuales en efectivo y en mercancías que los cubanos de Miami envían a sus seres queridos en la isla para ayudar a mantener a flote la economía cubana.

—Cuba todavía se presenta como una isla socialista, cuyos líderes derribaron una dictadura que la había convertido en el burdel del Caribe, un papel que la Cuba moderna asume nuevamente, a pesar de las crecientes divisiones entre los cubanos que tienen dólares y los que no.

—Todos los presidentes de Estados Unidos juran prestar apoyo a una Cuba democrática sin Castro, pero en realidad hacen más para evitar una invasión de “balseros” cubanos que para derrocar al dictador. Es más, los presidentes republicanos y demócratas se escudan en Castro para mantener a los cubanos en la isla.

De todos los mitos, el que se ha deteriorado de forma más visible es la idea de que Estados Unidos recibe con los brazos abiertos a quienes vienen de la isla. La política de los “pies mojados/pies secos” –que comenzó durante el gobierno de Clinton y continúa bajo el gobierno de Bush– excluye a los cubanos que no logran llegar a tierra seca. El hecho de permitir la entrada de cualquier cubano que sea encontrado en el mar generaría problemas, según lo dicho en Miami por Otto Reich, el enviado especial de la Casa Blanca para iniciativas en el Hemisferio Occidental, en agosto pasado: “¿Qué haría el condado de Dade con un millón más de cubanos que no hablan inglés, que no han recibido una buena educación, que han vivido bajo un gobierno totalitario en el que los valores no existen, ni en lo moral ni en lo económico... ?” Un comentario extraño, considerando que Reich fue parte de la primera oleada de refugiados cubanos que llegó a Estados Unidos. Un comentario sarcástico de García –el de la Fundación– ante el comentario del enviado especial demostró el creciente desdén con el que los cubano-americanos ven el liderazgo de la Casa Blanca. “Ni siquiera le dieron [a Reich] espejitos para confundir a los nativos’’, dijo García, implícitamente calificando a Reich de una Malinche, la indígena que ayudó a Cortés a conquistar a México.

A pesar de la indignación de los cubanos de Miami con los comentarios de Reich, los refugiados cubanos son tratados mejor que quienes vienen huyendo de otros lugares, como Haití. Incluso, según la extraña ley de los “pies”, los cubanos que llegan a Estados Unidos permanecen detenidos sólo poco tiempo, y 366 días después de llegar pueden aplicar para obtener la residencia (según la Ley de Ajuste Cubano de 1966, sancionada por Lyndon B. Johnson, un demócrata). A los haitianos, incluso a aquéllos con los pies bien secos, los retienen en inmigración, lo que aumenta las probabilidades de que no se acepten sus peticiones de asilo.

Y esto no deja de generar confusión: se trata mejor a los cubanos que a los haitianos, aun cuando a algunos cubanos –los capturados en el mar– se les trata igual que a los haitianos. Nuevamente, la relación entre los Estados Unidos y Cuba es suficiente para confundir a cualquiera. El embargo de Estados Unidos contra Cuba no prohíbe realmente todos los negocios con la isla. Los granjeros estadounidenses le venden sus productos y miles de cubanos de Miami viajan cada año para mantener los lazos con sus parientes y amigos. Ambos lados en el interminable debate sobre el embargo presentan las sanciones como una estrategia para debilitar a Castro. Pero el embargo ha estado vigente aproximadamente el mismo tiempo que él ha estado en el poder. Lo que quiere decir que el embargo podría verse como algo que lo ha ayudado a mantenerse. Y mientras él permanezca en el poder, ningún presidente estadounidense tendrá que preocuparse por el caos y la confusión que podrían seguir a su partida.

Desde hace años, los expertos en política cubana han dejado de ver el embargo como una herramienta para derrocar a Castro. “Los embargos sirven para minimizar los recursos para los regímenes indeseables, pero no provocan su colapso”, afirma Dennis Hays, un antiguo especialista en Cuba del Departamento de Estado, que renunció como director de la Fundación Nacional Cubano Americana en Washington luego de la disputa sobre el retorno de los refugiados.

Hays cree que la visión de la administración Bush va más allá del embargo, y que sus esfuerzos se centran en apoyar el movimiento de disidentes de la sociedad civil cubana, que incluye periodistas independientes, abogados de libre elección y opositores a la censura. Ese apoyo de Estados Unidos fue el pretexto para las enérgicas medidas que tomó el gobierno en la isla en marzo pasado, cuando envió a 78 activistas a prisión con sentencias de 20 años y más. Esa actitud muestra qué tan seriamente toma Castro una amenaza a una ley de partido único.

Y cualquiera que sea el nivel de respaldo de la administración Bush, la idea de apoyar el desarrollo de la sociedad civil cubana no se originó en este gobierno sino en el de su predecesor. La versión de la era Clinton se llamó “Carril Dos”. La política incluía fomentar las donaciones humanitarias privadas a Cuba, donar libros a instituciones cubanas y animar a los estadounidenses a viajar a Cuba en misiones humanitarias, de derechos humanos, de investigación y de periodismo.

“Carril Dos” nunca se promocionó como una forma de derrocar a Castro. Y los funcionarios de Bush tampoco lo declaran en sus políticas. Como sus antecesores, el Presidente está dejando que sean los cubanos en la isla quienes promuevan los cambios de la mejor manera posible. De hecho, desde que John F. Kennedy falló de forma tan humillante en Bahía de Cochinos, ningún presidente de los Estados Unidos ha intentado derrocar a Castro.

Y eso incluye hasta al más anti-castrista. En 1996, la fundación privada con sede en Washington “National Security Archive”, publicó grabaciones de charlas secretas entre un alto oficial cubano y el Secretario de Estado de línea dura de Reagan, Alexander Haig. En palabras de Peter Kornbluh, miembro de la fundación: “Haig hizo evidente que Washington tomó una posición de realpolitik en la organización política interna de Cuba. ‘No creo que el Presidente Reagan tenga alguna clase de idea preconcebida con respecto al sistema social en Cuba’, afirmó Haig. ‘Esto lo debe determinar el pueblo de Cuba”.

El pueblo de Cuba está en la misma posición ahora que en ese entonces para decidir qué clase de sistema quiere para su país. Mientras que los republicanos y los demócratas se han sucedido unos a otros en la Casa Blanca, no ha habido sucesión en el Palacio de la Revolución. Parece que los republicanos cubano-americanos lo han notado.